23 enero 2012

Tomás L

Tomás no quiere volver a ver a Penélope. En realidad le da un poco igual. Total, ya tiene novia y no debe y lo del otro día le viene de perlas para olvidarla. Pero en cuanto ve otra llamada de ella y una invitación a cenar no lo duda. Va a cenar con ella y va a volver a intentar acostarse. No en vano, Penélope es muy atractiva. No en vano, seguro que Matilde le engaña, como le engañó su primera novia. O quizá no, pero prefiere no arriesgarse a no engañarla por si luego ella le engaña. Al fin y al cabo, si no aprovecha esta oportunidad y Matilde le deja por otro, él se sentiría imbécil infinito. Así, al menos, si ella le deja por otro él tendrá el consuelo de no haber perdido el tiempo.

Tomás se cita con ella en una cafetería del centro. Se parece tanto a su hermana en los rasgos que, si algún amigo de Matilde le ve por la calle y le describe la chica con la que estuvo, ella dirá que es la hermana de Tomás y se quedará tranquila. Van directamente a su casa, porque Penélope ya tiene la cena preparada. Cenan y esta vez hacen el amor hasta el final. Penélope dice que le encanta. A Tomás también le encanta. Penélope, más ducha que Matilde, hace el amor mucho mejor, se mueve más, hace más trucos, le pone más ganas.

Cada vez que te acuestas con alguien nuevo descubres una cosa nueva, un movimiento nuevo, un pensamiento nuevo, una forma nueva.

Cuando Tomás abraza a Penélope, tras la consumación del coito, recuerda aquello nuevo que le hizo Matilde. Recuerda como tocó su pezón como si fuera una armónica, mordiéndolo con los labios y moviéndolos de lado a lado. Y eso le intranquiliza otra vez. Tiene que investigar lo de la cena. Se le había olvidado.