25 noviembre 2011

Tomás η

Penélope se quita los tacones. Antes era una mujer atractiva de mediana edad. Ahora es mucho más. Tiene el mismo físico, pero las piernas algo más cortas. Es igual que antes, pero cuatro dedos más baja. Ahora tiene otra proporción totalmente distinta. Tomás aun no se ha fijado en esto.

Penélope deja las dos copas sobre la mesa del salón y empieza a tirar del tapón de la botella sin darse cuenta de que había estado en el congelador.

¡Pam! La botella desparrama su contenido encima de Penélope, que abre los brazos asustada, calada de champán y de un adjetivo inexistente, pero muy similar al que usamos para los bebés al decir que son muy ricos. Probablemente la palabra que más se parezca sea Ternura.

Muchas cosas pueden despertar el amor y la atracción. Una de ellas es el propio atractivo físico. Puede que no sea un atractivo canónico, sino algo que despierte el sentido de la belleza. Puede ser una nariz griega, puede ser un pelo rizadísimo, pueden ser gafitas o un tatuaje. También la curiosidad, que puede ser despertada por muchas cosas, por ejemplo una mujer extremadamente gorda o extremadamente delgada, o una enana, o mujeres de otras razas.

Curiosidad y atractivo son dos razones totalmente válidas para querer acostarse con alguien, aparte de algunas otras obvias, como chantajes o dinero. Pero hay una que suele olvidarse y que, para algunas personas, es la que más deseo despierta: La ternura.

En ese momento en el que Penélope estaba calada, pequeña, asustada e indefensa frente a ese desconocido que había metido ingenuamente en casa, a Tomás le despertó una ternura gigante, casi diría una ternura infinita. Ahí fue cuando se encontró muy atraido por ella. Y fue cuando ella decidió quitarse la camiseta, lo que sumó un inesperado atractivo físico a la ternura que ya había despertado en Tomás.